En mi trabajo se había vuelto normal que me pidieran cosas diez minutos antes de irme. Yo decía que sí, llegaba tarde a todo y después me quejaba en mi casa. Nunca en la oficina.
El jueves tenía turno con el dentista, uno que había conseguido después de esperar bastante. A las seis menos cinco apareció otro pedido urgente. Sentí el sí en la boca, automático. Pero dije que lo podía hacer a primera hora del día siguiente.
Mi jefe insistió. Le repetí que ese día no podía quedarme. Me fui pensando que al otro día iba a encontrarme con un problema enorme.
No pasó eso. El pedido seguía ahí, lo resolvimos a la mañana. Sé que no todos los trabajos reaccionan igual. En el mío, al menos esa vez, el desastre estaba más en mi cabeza que en la oficina.
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Le dije a mi jefe que no podía quedarme
Historia ficticia de demostración · Tenía miedo de que poner un límite me hiciera perder el trabajo.